Remembranzas

*Testimonio de un estudiante holboxeño en San Diego Tekax

En 1947 llegó a la isla (de Holbox) el Profesor Santiago Pacheco Cruz,  Director Federal de Educación en el Territorio de Quintana Roo, el mejor que ha tenido, por su dedicación, su vocación y por su inteligencia, porque además era un consagrado escritor de la geografía, historia y antropología quintanarroense y yucateca.

Le pidió a don Pedro Moguel, Subdelegado de Gobierno, que convocara a  los señores en la casa del pueblo. Al encontrarme presentes todos, les informó que la Secretaria de Educación Pública había concedido a Holbox 5 becas, para que 5 jóvenes estudiaran la carrera de profesor en la Escuela Normal de San Diego, Tekax, Yucatán.

 Don Juan Ordaz pidió que anotaran a su hijo Manuel, cuya madre es doña Aurora Rosado. Siguió don Angel Ordaz Baselis, porque hizo que el funcionario escribiera el nombre de su hijo Tirso en una libreta; manifestó que la mamá se llama Julia Rosado. El tercer joven que figuró en la lista fué Sabás, hijo de don Julio González y doña Fidencia Correa.

Un señor delgado, blanco, de ojos cafés, llamado don Lorenzo Coral rogó que le permitieran el privilegio a su hijo Mercedes, procreado con doña Silvia Torres que estudiara en esa nueva escuela. Faltaba uno y don Juan Ordaz, pidió le concedieran el permiso para ir a hablar con mi madre, para convencerla de que fuera el quinto de la lista.

Nos embarcamos en el “Carmita”. Llegarnos a Chicxulúb, Progreso y Mérida. En esa gran ciudad tomamos el ferrocarril y llegamos a Tekax. Don Angel Ordaz fué el que nos llevó. Subimos a un carro de alquiler y fuimos conducidos hasta la exhacienda yucateca. llamada San Diego, convertida en Normal Rural.

La distancia de la ciudad a la escuela era de 7 kilómetros. La carretera llegaba hasta Peto; pero era de terracería, rellenada con el escombro conocido con el nombre de «sascab», o sea una piedra blanca, fácil de convenir en pequeños pedazos.  La entrada estaba obstruida por una reja de las llamadas «tranca» hecha de madera y alambre.

Unos altos ciprés y palmeras formaban dos hileras que no llegaban a las construcciones.  De los lados norte y sur se colocaron postes que sobre ellos se clavó alambre de púas, que servían para trazar una entrada larga y amplia.

La «máquina » como se dice en la Península Yucateca se detuvo en la orilla de una cancha de cemento. Nos bajamos y caminamos hasta la dirección instalada en lo que fue una pequeña capilla de la hacienda. Don Angel se dirigió al señor Director que era el Profesor Rigoberto Castillo Míreles y le entregó unas documentos firmados por el maestro Pacheco Cruz. A partir de ese momento quedamos inscritos los cinco holboxeños como alumnos regulares de la Normal en el nivel llamado «complementario » (quinto y sexto años). Esa misma noche se nos señaló el dormitorio, baños y «locker» o gavetas que utilizaríamos, de esa manera quedamos instalados en el mes de febrero.

Del casco de la hacienda quedaba poco: un edificio con un piso. La planta baja con arqueríos y aposentos, estaba destinado para el almacén, panadería, enfermería y otros anexos. En el primer piso estaba la cocina; el comedor se había adaptado en un largo corredor, con arqueríos abiertos. Las mesas y bancas eran largas.

En el remate final del edificio estaba un gran depósito de agua. A su lado se excavó un pozo. Con una bomba se extraía el líquido que se depositaba en él. De allí se repartía, por medio de tuberías, a todos los lugares donde se necesitaba.

Las aulas se construyeron a la altura del depósito de agua, pero alineadas de norte a sur.  Seguían los dos dormitorios, separados, de este a oeste, con un corredor al este y una delgada construcción de norte a sur, en donde estaban instalados los baños.

Habla una plaza cuadrada, muy grande. Toda la banda oeste estaba ocupada por casas en donde vivían los profesores. La esquina sur de esta banda terminaba donde estaba alineado el alambrado norte de la entrada de la escuela. Sobre esta parte se construyó la mejor habitación que ocupaba el Director en turno.

Después de los baños estaban sembrados árboles frutales y existía una serie de caños en desuso, que en la época grande de la hacienda, conducía agua para regar. Al principiar esta gran huerta, se distribuyeron las cajas de abejas, que formaban nuestro apiario. Por el sur, los terrenos de la escuela, llegaban hasta la carretera.

Poco a poco nos familiarizamos con el lugar. Hasta ese momento únicamente existían dos grupos. Los fundadores inscritos un año antes y nosotros que formaríamos la primera generación.

El maestro Rigoberto Castillo Mireles fué el primer Director, dinámico como buen norteño.

Esta institución inició sus labores el primero de mayo de 1946 y los alumnos fundadores fueron: Gilberto Alvarado Ucán, Emiliano Azcorra Buenfil, Manuel Ayora Fajardo, Lorenzo Alcocer Coronado, Humberto Buenfil Palma, Iván Domingo Buenfil Suárez, Raúl César Cab Berzunsa, Santiago Carrillo González, Manuel Contreras Correa, Jorge Castillo Gómez, Hirán Espinosa Granados,  Eusebio Góngora Cáceres, Rubén A. Martínez Debeza, Julio Magaña Contreras, MaCha-gt Cervantes José Guadalupe Ontiveros Novelo, Jacinto Ontiveros Novelo, Juan G. Ontiveros Alonso, Ernesto Pacheco Matos, Javier Pacheco Matos, Contado A. Suárez Avila, Mario Santos Caamal, Guibaldo Sosa Cachón, Juan Torres Rosado y Miguel de los Santos Xiu Uc.

El primer año escolar comenzó el primero de mayo y terminó el 30 de noviembre de 1946.

Ingresamos  en el mes de febrero do 1947 los siguientes alumnos: Lorenzo Alcocer Coronado, Jesús Andrade, José Dolores Báez, Eligio Brito González, Carmelo Coral Manrique, Mercedes Coral Torres, Oscar Cruz Sobrino, Edgar Lizama Flores, Alejandro Martínez Carbajal, Manuel Ordaz Rosado, Tirso Ordaz Rosado, Catalino Oxté Tah,  Sabastián Pat Balam, Ramón Pérez Arzápalo, Abraham Simón Faisal, Nicolás Sansores Cohuó, Aristarco Uc Sánchez y Romualdo Vera Castillo.

Cuando nosotros cursábamos el complementario, la primera generación estaba en el primero de secundaria.

Nuestro maestro fue el Profesor William Vargas Flores. Era fino de modales, pero excelente, dominaba a la perfección todas las asignaturas de la educación primaria.

El curso comenzó el primero de febrero y terminó el 30 de julio de 1947. Únicamente el mes de agosto se dedicó a las vacaciones.

Parte del grupo pasó a primero de secundaría, pero otra parte nos quedarnos todavia en complementario. Los que trajeron boletas de calificaciones de quinto pasaron a primer año y los que llevamos boletas de cuarto, permanecimos en complementario.

A mediados de 1947 el maestro Castillo Míreles dejó la Escuela y lo sustituyó el Profesor Delfino López, mientras la SEP enviaba al nuevo Director.

El nuevo curso escolar principió el primero se septiembre. Entre los alumnos que fueron admitidos, únicamente conservo los nombres de los siguientes compañeros: Jorge H. Aguilar Salazar, Manuel Bonilla, Armando Coral Manrique, Luis F. Cervera Cortés, Víctor Sergio Gómez Cruz, Alfredo Huchín Perera, Adolfo A. Martinez Romero, Oscar Efrain Navarrete, Manuel A. Pérez Sierra, Luis Yam Uitzil y Alfonso Yam Medina. Estos jóvenes se integraron a nuestro grupo, El Profesor Donaciano González Manrique fué nuestro maestro, tan valioso como el maestro William.

En diciembre de este año llegó el Profesor Manuel Oñate López, para hacerse cargo de la Dirección de la Escuela, Tenía un distintivo en el vestir, le gustaba usar chamarra. Fue en este mes cuando comencé a conducir a grupos de compañeros. Convencí a todos los que nos quedamos en complementario para ir a platicar con el nuevo Director. Frente a él pedimos que era justo, que en virtud que estudiamos juntos alumnos de sexto y quinto, pasáramos todos a primero de secundaria. Ordenó al maestro Donaciano que nos practicara un ligero examen y determinara quienes se hacían acreedores para pasar a secundaria.

En el mes de marzo me salió un absceso (acumulación de pus) en la barriga El doctor Maximiliano Aguilar García abrió el tumor, pero por más esfuerzo que hacía no cerraba. Mi salud se complicó porque salieron dos más, uno en la nalga derecha y otro en la nuca. También fueron abiertos, pero igual que el primero no cerraban.

En Holbox se enteraron de mi grave situación. El Director de la Escuela primaria envió un telegrama al maestro Oñate, suplicándole que me trasladara al hospital O´Horán de la ciudad de Mérida. Me llevaron a Tekax y el buen doctor me trasladó en ferrocarril a Mérida y de alli al Hospital, en el que fuí recibido, sin que se presentaran obstáculos.  Inmediatamente fui sometido a un tratamiento con inyecciones de penicilina. Esta seria la segunda ocasión que este medicamento salvara mi vida.

A los tres días se presentó un joven doctor, que preguntó por mi nombre. Desde ese día, hasta el régimen alimenticio cambió para mí. Supe que era hijo del Director de la Escuela de Holbox. Pronto me restablecí, pero el médico no permitió que abandonara el Hospital. Me indicó que abandonaría el lugar hasta que me repusiera de mi débil constitución.  Estuve hospitalizado en el pabellón de cirugía. Hasta los enfermos mayores de edad me apreciaron. Ya recuperado regresé a la Escuela. Nadie pagó un solo centavo por mi atención.  Tanto el Director, como el maestro de grupo se portaron bien conmigo.

Fui sometido a exámenes ligeros para nivelarme en calificaciones.

Era Secretario General de la Sociedad de Alumnos Raúl César Cab Berzunza. Quien sabe que ocurrió que la Secretaría de Conflictos quedó vacante. Se convocó a una reunión en el comedor y salí electo para ese cargo. La primera vez que hablé en una asamblea, me temblaban las piernas.

El año escolar fue regularizado, porque terminamos el 30 de junio.  El primero de septiembre de 1948 pasé a segundo año de secundaria.

En el nuevo ciclo escolar ingresaron: Leonardo Argáez Avila, Diego Millán Alcocer Medina, Humberto Amábilis Carballo, Andrés Aguilar Vivas, Santiago Briseño Quiñones, Guillemo Coral Yam, Osvaldo Cabrilla Ascensio, Canuto Flores Molina, Víctor M. Garduño Díaz, Fernando Elmer Gurubel Zunza, Jerry León Avila, Porfirio Matos García, Wilbert Pérez Vera, Santiago Pinzón Barrera, Delmer Peraza Pacheco, Florentino Rosado Sabido, César Ramírez Barrera, César Pastor Sosa Díaz, Eduardo Salazar López, Efraín Sánchez Calderón, José Guadalupe Seca Ek, Renán Saldivar Pereira y Angel Yam Yam.

De los cinco holboxeños nos quedamos cuatro, en virtud de que Mercedes Coral Torres no quiso regresar para estudiar el segundo año de secundaria.

El Comité Ejecutivo de la Sociedad de Alumnos se cambió. Yo fui electo Secretario General; Eligio Brito, Secretario de Actas; Edgar Lizama Flores, de Organización; Jesús Andrade, de Finanzas.

En enero de 1949 se separó el maestro Oñate y le sucedió el Profesor Abel Vargas Villa, excelente maestro de español.

En este año fui inscrito en la Junta de Reclutamiento de Tekax, para prestar el servicio militar obligatorio Se llevaban a cabo las prácticas todos los domingos en la plaza, que quedaba frente a la escuela primaria (sur), una sala de cine (oeste), el Palacio Municipal (norte) y la iglesia ( este). Por cierto que en el patio de la Escuela estaba la tumba que contenía los restos del inmortal compositor Ricardo Palmerín, gloria de Yucatán y autor de las famosas canciones: Peregrina, Las Golondrinas Yucatecas, El Rosal Enfermo, Flores de Mayo, Novia Envidiada, Semejanzas y otras, también de bastante renombre.

El maestro que nos impartía Educación Física, de apellido Espinoza de los Monteros, según supe, ex entrenador del equipo nacional de basquetbol, nos sometió en sus clases a un régimen militar Todo era rítmico, con una disciplina rígida Gracias a este procedimiento dominaba todos los movimientos de la milicia, menos el manejo de las armas.

Nuestro entrenador era un capitán del ejército, que al darse cuenta de mi exagerado adelanto, me designó su ayudante, para que lo ayudara con los novatos. De esa manera él tomó un contingente y yo otro. Con esta tarea cumplí con la obligación establecida nacionalmente. Se me entregó un diploma, que conservaba celosamente, hasta que la Zona Militar del Puerto de Acapulco, me la canjeó por la cartilla

Cierto es que el Director construyó el local de la Sociedad de Alumnos «Benito Juárez», pero fué a petición mía, porque lo autoricé que desprendiera del pre y de las raciones un remanente, que ligeramente nos perdjudicaba a nosotros los alumnos.

Antes de pasarnos a esta nueva oficina, trabajábamos en un corredor del establo caballar. Lo cubrimos de paredes de varas delgadas, amarradas sobre fajillas, también de otras varas. Le hicimos su puerta del mismo material. La Dirección de la Escuela nos donó una mesa y una máquina Remingtón de las altas. En esa vieja máquina aprendí a escribir. Me obsequiaron unos ejercicios que practicaba cuando estaba libre. Utilizamos cajas de cartón como archiveros

El primero de mayo de 1949 se festejó con gran entusiasmo el III Aniversario de fundación de la Escuela. Se convencieron a tres señoritas de Tekax, para que figuraran corno candidatas a primera Embajadora. Recorrimos con ellas Tekax, Oxkutzcab, Ticul y otros lugares en busca de votos. Resultó triunfadora Edith Duarte Ancona.

El Director quiso que fuera yo el que pronunciara el discurso. Lo preparó en forma maravillosa, con un literatura encantadora. Lo aprendí de memoria. Después me sometió a una serie de prácticas, que resultaron de mucho provecho. La noche de gala se llevó a cabo en la ciudad y no en la Escuela.

Dos berrugas de las llamadas «axes» me salieron: una en el costado del dedo meñique de la mano derecha, la otra sobre el dedo gordo del pié derecho. Me acerqué a la bomba de agua, que trabajaba, observé el escape y pegué el dedo meñique y poco a poco quemé la berruga, lo mismo hice con la del pié, únicamente que a ella, le puse un poco de ácido. A los cuatro días en el pié tenía un agujero horrible, que el médico tuvo que curar para que no se complicara la herida.

Tres actividades eran las principales: la agricultura, apiario y corte de madera La industria rural se cursaba en el apiario y para cubrir agricultura y ganadería, se llevaba la primera. En el campo éramos instruidos por campesinos. Para mí era fácil esta actividad porque estaba acostumbrado.

Una experiencia útil la recuerdo hasta el día de hoy. Sangraba un compañero de la nariz, es decir, se le había presentado una hemorragia nasal. Los campesinos buscaron hasta hallar dos piedras pequeñas macizas, parecidas a «bolas» de río. Las «chasquearon», o sea, las golpearon y el poquito polvo que despedían hicieron que lo absorbiera por la nariz el enfermo. Algo increible sucedió a los pocos minutos, desapareció la hemorragia. Años más tarde apliqué este remedio y dió buen resultado.

A las abejas se le tenía temor. Raúl César Cab era el jefe de los alumnos en el apiario. Siempre me recomendaba que tuviera precaución, que me pusiera la careta, los guantes y tuviera listo el ahumador. Lo obedecía para poder trabajar sin contrariedades.

Un día le avisaron que de una caja salían abejas negras  y que atacaban a todo el que se acercaba. Nos preparamos y valientemente  acudimos al apiario. El mismo Raúl no quiso limpiar la caja. Sin medir las consecuencias acepté ser el responsable de revisar a las abejas. Al destapar el cajón se lanzaron sobre mí, accioné el ahumador y las envolví con el humo, pero nada las detuvo. Corrí hacia la plaza y hasta allá me siguieron; me tiré al zacate y giré como un trompo de palo para aplastarlas; los compañeros de trabajo con ramas de arbustos las azotaron hasta matarlas. Después procedieron a arrancarme los aguijones; según Sabás González Correa, 32 me quitaron.

El radio de influencia de la Escuela, únicamente abarcaba dos poblaciones: Ticum que se ubicaba a unos pocos kilómetros sobre la carretera Mérida-Peto  y San José rodeado de los ranchos Kanisté, Santa Bárbara, San Bernardo, San José y Dolores, que se localizaba atrás de la serranía que estaba al frente sur de la Institución. No existía un camino seguro para llegar a esta última población, por eso cada vez que íbamos a visitarla, nos perdíamos por algunas horas.

El maestro Donaciano era genial para el español, lo mismo que el Director Vargas Villa. Hasta el día de hoy, en ningún libro, he visto reglas que instituyan cuándo se escribe ahí, allí, allá. El maestro González ponía una mesita y sentaba a dos estudiantes, uno frente al otro, pero en distintos lados de la mesa. Encima de ella se distribuían varios objetos. Cada alumno decía: ahí está un cuaderno; ahí está un borrador; ahí está un libro; etc.Este ejercicio se repetía con todos los estudiantes del grupo.  Concluía el maestro que ahí se escribe cuando las cosas están cerca de la persona.

Hacía que dos alumnos fueran a ponerse de pie a las paredes del aula, es decir, uno quedaba en el norte y otro en el sur. Uno estaba en México y el otro en Estados Unidos. Los dos repetían este ejercicio: allá está el monumento a la Independencia, allí está la Estatua de la Libertad; allá está el Río Missippi; allí está el Puerto de Acapulco. Al cambiar de jóvenes, combinaban otros nombres.  Con esto se afirmaba que allá y allí se escriben cuando las cosas están lejos.

Con el maestro Vargas Villa dominamos muchos aspectos de la literatura. Aprendimos a contar las sílabas de los versos, supimos sus nombres; redactábamos cuarteros pero con el estilo clásico. Rimábamos las terminaciones de las tres últimas letras. Primero con tercero; segundo con cuarto. Sabíamos lo que es un soneto, un madrigal, una poesía clásica, una poesía libre. Dominábamos la consonancia, la asonancia, la sinalefa y otras muchas cosas.

El maestro Raúl Vargas Cetina fué nuestro asesor. El horario establecido era de 6 a 7 de la tarde-noche. Su obligación era conducir al grupo para que todas las tareas se realizaran. Principió por acostumbrarnos a leer. Los periódicos Diario de Yucatán, los coleccionaba, no para formar una hemeroteca, sino para utilizarlos como material didáctico. Hacía que leyéramos los Periódicos y así leíamos de 13 a 14 reportajes. Pasábamos a la página editorial y leíamos todos los artículos que contenía. Estos ejercicios se realizaban durante una semana.

Vigilancia especial ejercía sobre nosotros en el transcurso de la realización de las tareas, pero conducía  las actividades cuando se nos presentaban dificultades.  El aprendizaje de las lecciones impartidas por los docentes, corría por cuenta de cada alumno.

En las clases de Educación Musical, el maestro Adolfo Quijano Rivero, tenía como texto obligatorio el libro del músico mexicano Luis Sandi. Este libro contenía 100 lecciones. Podríamos alcanzar 10 si sabíamos todo el texto. Yo jamás pudo llegar a la última lección.

El año escolar terminó el 30 de junio y en esa fecha cursé el segundo de secundaria. El primero de septiembre comencé a estudiar el tercer año de secundaria.

Entre los alumnos que se les concedió beca, figuraron: Marcial Alonso Hernández. Eduardo Buenfil Segovia, Abraham Cabrera Basto, Hernán Canché Luis, Lorenzo Chan Be, Serafín Chi Uc, Diego Espinosa Ayora, Antonio Huchim Xool, E. Rafael López Navarrete,   Wilbert Martín Delgado, Adalberto Peraza Coello. Pedro Pérez Torres, Felipe Pérez Solís, Juan Rosado Mejía, Juan Rodríguez Contado, Héctor Sánchez Góngora, Ramón Tejero Mendicuti, Felipe Uribe Díaz y David Zapata Montalvo.

La iniciativa partió del Comité Ejecutivo de la Sociedad de Alumnos: fundar una revista que se editara cada fin de año. Yo fui el que le puso el nombre: ECO NORMALISTA y durante mi gestión se publicó el primer número.

El Comité Ejecutivo de la Federación de Estudiantes Campesinos Socialista de México, que encabezaba como Secretario General Baudelio Alegría y corno Secretario de Actas Manuel Ortega, convocó a un congreso extraordinario. Entre las cuestiones que se discutirían estaba la redacción del pliego de peticiones que cada año se presentaba a la Secretaría de Educación Pública.

Para asistir a este evento fuí nombrado delegado efectivo. La misma asamblea aprobó que los gastos que se originaran corrieran a cargo de la Sociedad de Alumnos. Se le entregó el acta al Director de la Escuela y aportó una cantidad en efectivo, que a su juicio, alcanzara para ir a la Escuela Normal de El Mexe, Hidalgo, sede de la Federación y del congreso y regresar.

En Puerto Progreso compré mi boleto para viajar hasta Veracruz en el barco llamado “La Flecha”. Edgar Lizama Flores, me acompañó hasta el enorme muelle. Mientras subía al barco recitó una preciosa poesía de su inspiración dedicada a su hermano. Era larga, bien rimada y de profundo contenido.

“La Flecha” era un barco de carga. Ya dentro de él, me acomodé sobre cubierta en el lugar que creyera que me brindara mayor protección. El olor a aceite hizo que varios de los pasajeros se vomitaran.  Afortunadamente resistí las contrariedades del mar.

 En un día espléndidarnente claro, pasarnos cerca de los bancos e islas alejados de la costa por el norte y noreste de Yucatán. Bancos Ingleses, Cayo Arenas, Islote Bermeja, Banco Inglés, Bajo Nuevo, Los Triángulos, Banco Perlas, Banco Nuevo, Banco del obispo Cayos Arcas, Cabeza de Piedra, Banco Pera, Banco Arias, Islas de los Alacranes, Arrecifes de la Serpiente, Bajo Madagascar y Banco Sisal, que son bloques de piedras dentro del mar, en donde estaba construida una casa y un faro.

Un marino nos informó que nadie vivía en esos lugares. El guardafaro hacía recorridos periódicos, para observar, mantener y reparar los faros.

En la travesía hice amistad con un «chilango”, o sea uno de los que viven en el Distrito Federal. De él recibí valiosos consejos. Me dijo que llegara al Hotel Brasil, ubicado muy cerca del zócalo. Que cuidara el poco dinero que llevaba, porque en la Ciudad de México habían muchos ladrones. Me asustó diciéndome que cuando visitara la Plaza de Garibaldi, seguramente hasta los calcetines me quitarían.

En el Puerto de Veracruz, los dos tomamos asientos en el Transpone Flecha Roja, barato, pero con riesgo de perder el equipaje y dinero. En Río Frío del Estado de México, el «chilango» me invitó a tomar pulque, pero no me gustó.

Este buen acompañante, al llegar a la Ciudad de México, la que conocería por primera vez, hizo que tomáramos un taxi, le suplicó al chofer que me dejara en el Hotel Brasil y él continuó hasta su domicilio. Le dí las gracias porque no pagué nada , el importe corrió por su cuenta.

Al siguiente día tomé mi maleta y a pié anduve la Calle Brasil, con rumbo a la Basílica de Guadalupe, ya que a pocas calles estaba la estación de camiones que cubría la ruta México-Pachuca. En esta ciudad minera tomé otro camión que me llevó a Actopan, famosa por el convento que existe. Después seguí la carretera que atraviesa el Valle del Mezquita] y me bajé en la población de Tepa. De tarde entré a la Escuela Normal Rural de El Mexe, Hidalgo.

A la entrada existía un puente que por debajo de él pasaban aguas negras y pestilentes. Me dijeron que procedían del desagüe de la Ciudad de México.  Fui recibido con cortesía e instalado en un aposento con los delegados varones.

Terminados los trabajos regresé. Antes de hacerlo en la Ciudad de México visitamos al Subsecretario de Educación Pública Aarón Merino Fernández. Manifestó amplia amabilidad, escuchó a los que hablaron. Ordenó que a todos nos dieran pasajes para regresar y dispuso que cierta cantidad de dinero fuera repartido en partes iguales entre los delegados.

El ferrocarril me llevó hasta el Puerto de Veracruz. En este viaje conocí las famosas Cumbres de Maltrata y los volcanes, Ixtlacíhuatl, Popocatépetl y Pico de Orizaba, que son fáciles de observar por la nieve que tienen encima.

En Veracruz debería subir al Vapor Emancipación, pero un fuerte “norte” retrasó la travesía durante cuatro días. Recorrí parte de la ciudad, de preferencia en los tranvías, que constituían toda una tradición local. Al amainar, o sea al bajar la intensidad del mal tiempo, el barco zarpó con destino a Puerto Progreso, Yucatán.

A mi llegada convoqué a una asamblea. Debería leer el informe, el pliego petitorio y cambiarse la mesa directiva.

En este último punto, dije a la asamblea, que el Comité Ejecutivo de la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México, había advertido que tal vez la Secretaría de Educación Pública no aceptara el pliego petitorio, porque a juicio de algunos funcionarios era demasiado elevado. El pre, o sea la aportación mensual para gastos de cada alumno, el aumento de la ración, al material didáctico, la construcción de aulas, la donación de vehículos, el aumento de la partida para las excursiones, aumento de mudas de ropa,  zapatos, incremento de la partida deportiva y otras cuestiones, se duplicaban a lo que se daba en 1949. Que temporalmente era conveniente que los comités ejecutivos de las sociedades de alumnos continuaran en sus funciones como conocedores de los problemas quo en ese momento se planteaban. La asamblea aprobó que el Comité que encabezaba continuara un año más.

En el mes de noviembre recibimos un instructivo que disponía que nos preparáramos para la huelga que debería estallar en enero de 1950, porque la SEP había rechazado el pliego petitorio.

Nos faltaba experiencia para este tipo de movimiento. Designé a Eligio Brito González para que controlara el almacén y lo autorizamos para que diariamente hiciera un recorte presupuestal y la mercancía sobrante, la trasladara a un lugar seguro. Aparentemente contábamos con el respaldo del personal directivo, docente y administrativo.

Un día llegaron en automóvil varios personajes de la Ciudad de Mérida; el viaje lo realizaron para platicar  representantes del conmigo en forma exclusiva; dijeron que eran Profesor Gaudencio Peraza Esquiliano, Director Federal de Educación Primaria y de la Sección del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación. El único objetivo que perseguían consistia en que desistiéramos del movimiento huelguístico. Reuní a los integrantes del Comité Ejecutivo de la Sociedad de Alumnos y de cada uno escucharon la siguiente declaración: el único facultado para decidir situaciones relacionadas con la huelga, era el Comité Ejecutivo de la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México.

Me turnaron una invitación para que los acompañara a la Ciudad de Mérida. Los directivos estudiantiles dieron su aprobación. Por la polvorienta carretera de terracería llegamos a Muna y de allí, por un tramo asfaltado, entramos a la que se llamaba » La Ciudad Blanca», por lo limpia que siempre se encontraba.

Como era de noche me dieron dinero para que me hospedara en un modesto hotel, cenara y fuera al cine; pero como no conocía a nadie en esa ciudad, pedí refacción económica  por si me abandonaban, con esos recursos podía regresarme. Me hospedé en el Hotel Francia, modesto por cierto, pero muy cerca de la plaza principal.

Al siguiente día, el maestro Gaudencio Peraza Esquiliano, quien fuera Secretario General del Comité Ejecutivo Nacional del SNTE, me hizo pasar a sus oficinas. Realmente el fue quien habló y yo lo escuché. Al no obtener ningún compromiso de mi parte, se despidió de mí. Torné el ferrocarril y regresé a la Escuela.

La huelga estalló. Las mercancías se comenzaron a agotar a los diez días. El apiario se había cambiado de lugar. Ahora estaba en la banda norte de la gran entrada. Las bases eran de cemento y las abejas estrenaban cajas nuevas. Ordené que se castraran todas y obtuvimos dos tambores de miel. Me puse en contacto con un joven de apellido Buenfil de Tekax, que era el representante de la Confederación de Jóvenes de México, que a nivel nacional dirigía Máximo Gámez y conseguimos comprador. Hizo que una camioneta trasladara el producto a la ciudad y todo el Comité subió a ella para que diéramos fé que el Secretario de Finanzas recibiera el importe de la venta.

Tomamos nuestras precauciones e hicimos el viaje muy tarde. Al llegar a la entrada de la ciudad, a la altura de una alberca, nos esperaba una patrulla de la policía municipal, quien nos confiscó la miel y nos tomó prisioneros. Fuimos conducidos ante la presencia del Presidente Municipal, quien ordenó nuestro encarcelamiento. Fuimos confinados a un patio para revolvernos con otros prisioneros, A las once de la noche nos sacaron de ese pabellón y nos trasladaron a un gran corredor en donde sobre unas bancas pasamos la noche.

Al otro día la primera autoridad nos hizo pasar a su despacho y nos comunicó que por la denuncia de robo de miel presentada por el Director Abel Vargas Villa había procedido de ese modo, pero como confiscó la miel y la devolvió, quedábamos en libertad.

Avisé a Alberto Canul, Secretario General del Comité Ejecutivo de la Sociedad de Alumnos de la Escuela Normal Rural de Hecelchakán, Campeche y Secretario de Asuntos del Sureste del Comité Ejecutivo de la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México, que después de tres días mas de huelga, la suspenderíamos por falta de víveres. Al siguiente dia se presento a la Escuela y nos convenció para que nos trasladáramos a la Normal de Hecelchakán, invitación que aceptamos con mucho gusto.

Confieso que varios alumnos, de preferencia los cercanos a la institución,  se habían ido a sus casas, porque el Director y algunos maestros pidieron que no participaran en la huelga.

En el Estado de Campeche durarnos cerca de diez días, fecha en que se suspendió la huelga. Supimos que la huelga fracasó porque del pliego de peticiones únicamente se. resolvieron cuestiones sin importancia.

 Nunca supe los mecanismos que utilizó el Gobierno de Yucatán, pero el profesor campechano Luis Álvarez Barret, un día antes de suspenderse la huelga, llego a la Normal de Hecelchakán,  para platicar conmigo y decirme que a la  mañana siguiente estarían en la estación ferrocarnlera dos vagones de pasajeros de segunda clase para trasladarnos a Tekax, en donde nos esperaban camiones que nos llevarían a la Escuela.

Aprendí este estribillo: “los caballos del ejército rnexicano, comen mejor que los alumnos becados de las escuelas normales rurales».

Se reanudaron las labores en forma normal, pero el Secretario de Asuntos del Sureste de la FECSN, me pidió que procediera enérgicamente en contra del Director y de algunos compañeros que para él eran «esquiroles o rompehuelgas”. Fue asi como en marzo de 1956 sacarnos al Profesor Abel Vargas Villa encargándose de la Escuela provisionalmente el Profesor Albino Mateos Martinez, un buen oaxaqueño. Retiramos de la Escuela a algunos alumnos, entre ellos al tekaxeño Humberto Amábilis Carballo.

A los pocos días llegó el Profesor Pablo Limón Anell, para hacerse cargo de la Dirección de la Escuela. Han pretendido adjudicar corno obra suya el encementado de la cancha de basquetbol, próximo a la Dirección del Plantel, pero eso no es cieno, porque la usábamos en esas condiciones desde que recibíamos las clases de Educación Física que impartía el maestro Espinoza de los Monteros, un personaje sensacional en su especialidad. No le conocí ninguna obra.

Mi decisión personal consistió en terminar el tercero de secundaria y no regresar.  El 30 de junio de 1950 seria el último día de estancia en mi querida Escuela. El alumno Humberto Amábilis Carballo, fue reinscrito en la Escuela porque terminó la carrera de profesor en la generación que egresó en 1954-1955. Redacté un oficio dirigido al alumno Manuel A. Pérez Sierra, por el cual lo autorizaba para que convocara a elecciones.

En la actividad deportiva destaqué, fui campeón de 100 metros planos., integré la selección de volibol que competía estatalmente. En basquetbol únicamente llegué a ser defensa. Abandoné el equipo de béisbol porque el pícher atinó una bola en mi frente.

Nunca más supe nada de la Normal Rural de San Diego, Tekax, Yucatán.

 

*Martínez Carbajal Alejandro (1996). En busca de una esperanza. Memorias. Edit. Antonio Tordesillas U. Acapulco