Balantún, semillero de normales

El internado “Felipe Carrillo Puerto”, instalado en lo que fue una hacienda conocida como Balantún, fue un recinto que desde sus orígenes fue piedra angular de un movimiento reivindicador del pueblo maya. Fueron decenas de generaciones de estudiantes las que desde la primera mitad del siglo pasado encontraron en este espacio un anhelo para sus familias, una esperanza para luchar por mejorar las condiciones de opresión como pueblo que ha venido resistiendo condiciones de marginación.

Es conveniente resaltar que la milenaria sabiduría del pueblo maya no está a discusión, es un hecho reconocido por propios y extraños, pero las circunstancias histórico-sociales fueron causando el rezago de sus descendientes respecto de su propio desarrollo cultural, al grado de convertirse en un conglomerado sin un futuro claro.

Surgen entonces escuelas indígenas en el país, como Balantún en el sureste, siendo la fuente en la cual abrevaría un gran número de niños y jóvenes mayas, no solo de nuestro Estado, sino de toda la península.

En el segundo decenio del siglo pasado, en ese lugar que fue una hacienda, se instaló una Escuela de Capacitación para Jóvenes indígenas y desde entonces decenas de estudiantes dieron vida a este rincón, en la modalidad de internado, en el que junto con maestros compartieron infinidad de experiencias; se concretaron modelos educativos que la gran mayoría de docentes y especialistas de la educación solo pueden encontrar en papel, en teoría.

A lo largo del año, todos los días de la semana grupos de alumnos que se desprendieron de su hogar en una edad crítica (infancia y adolescencia), acudieron a este lugar para estudiar su Educación primaria y participar en procesos que difícilmente pudieron concretar en una escuela común.

Educación militar: A las cinco de la mañana todos los días, se escuchaba de la corneta de un elemento de la banda de guerra, comisionado como guardia, el toque de levante. Cada evento era anunciado a modo militar y todos respondían consecuentemente. Era hora de levantarse, era tiempo de la comida, era el aviso para iniciar actividades, había que asistir a la reunión, ya había que meterse al dormitorio. Se volvió una costumbre que, como respuesta al toque de corneta, se tuviera que acudir a formar fila; era raro que alguien faltara… y pobre del que no cumpliera, porque era reportado y tenía que reparar su falta con trabajos adicionales

Educación para el campo: Como buenos hijos de campesinos fueron pocos los que resintieron la rudeza del trabajo. Hubimos de participar en la tumba, roza, quema, siembra, chapeo, cosecha y todas las labores que implica la milpa, y la tierra en general. En las fechas apropiadas todo el alumnado se internaba en alguna parte de los montes circundantes para cumplir con su tarea. El producto material fue que cientos de toneladas de maíz y otros productos agrícolas fueron logrados combinando esfuerzo y aprendizaje, sudor y satisfacción, conocimiento y experiencia, trabajo colaborativo; el producto más importante fue el conocimiento y la actitud desarrollada en el trabajo.

Educación intercultural para la diversidad: Mayahablantes, hispanohablantes, alumnos procedentes de la ciudad pero la mayoría del campo, con diversas condiciones socioeconómicas pero generalmente de condición social muy baja, quienes aquí venimos iniciaron un proceso de toma de conciencia de nuestra condición y a entender nuestra misión en el futuro.

Educación cívica: El respeto por nuestros símbolos patrios, el respeto a nuestros mayores, el autogobierno, fueron algunas de las prácticas que fueron definiendo nuestra formación ciudadana. Tener participación en procesos como la elección de nuestro Presidente siendo alumnos de Primaria, fue determinante, a lo que se agregaron todas las demás experiencias de este tipo, para entender cabalmente lo que es la democracia. Por ello la indignación cuando percibimos engaño, corrupción, desentendimiento por los problemas sociales y tantos problemas que actualmente aquejan a la sociedad.

Ya como profesionistas, al recordar tantas experiencias, comparamos la actividad desarrollada en este lugar con las ideas de A. S. Neill en su escuela de Summerhill, las de Ovidio Decroly con su escuela para la vida, las de Antón Makarenko con su pedagogía soviética, y tantos otros.

Sirvan estas ideas para dejar claro lo que significó y está significando este lugar para tantos exalumnos dispersos en la República y el Estado.

Este mismo centro, tuvo diferentes denominaciones: fue Escuela de Agricultura, Centro de capacitación para jóvenes indígenas, Internado Indígena y, últimamente, Centro de Integración Social. En su época de florecimiento albergó hasta a 250 alumnos internos, de primaria y hasta de secundaria, cuyas becas fueron concursadas por cientos de aspirantes provenientes de toda la península.  Como tal, dejó de tener demanda entre la población indígena, a la que sirvió por un espacio aproximado de ochenta años.

¿Qué impresión le deja esta descripción a los egresados de cualquier escuela normal rural? Seguramente ven reflejada la vida que llevaron en sus tres o seis años de estancia en la misma.

Durante muchos años, los alumnos más destacados en este internado eran propuestos, por el Director en turno, para continuar sus estudios en alguna escuela normal rural: la “Gregorio Torres Quintero” de San Diego, Tekax y la “Justo Sierra Méndez” de Hecelchakán, Campeche.

Para el proceso de adaptación de una escuela a otra (Primaria a Normal) no hubo mayores complicaciones, dado que el sistema de vida, la organización escolar, los espacios compartidos, eran semejantes. Pero eso sí, el rango de edad, el tipo de docentes, el tamaño de la escuela fueron algunas de las cosas a las que había que aplicar el ingenio y la creatividad para resolver los asuntos propios.

Por lo demás, los alumnos egresados de Balantún recién incorporados a la Normal, desarrollaron actitudes y costumbres que la mayoría de los normalistas apenas empezaban a aprender: Ser internos en un espacio compartido, ajustarse al horario general de actividades, colaborar en las tareas de mantenimiento del edificio y espacios circundantes, respetar el reglamento interno de la escuela, compartir los alimentos, participar en los eventos y actividades cívicas y deportivas, etc.

Como en Balantún, el autogobierno fue un ámbito en el que se formaron los estudiantes. Había que nombrar al Presidente o Secretario General y a los integrantes de todos los comités previstos por la Sociedad de alumnos: Ejecutivo, Honor y Justicia, Deportivo, etc.

Incluso los edificios guardaban muchas semejanzas, dado que ambos sistemas educativos fueron creados en la primera mitad del siglo XX, en el marco postrevolucionario, siendo con Cárdenas la época de mayor impulso. Tanto en los internados de primaria como de normal, fue necesario construir grandes dormitorios, un comedor, cocina, lavandería, canchas para basquetbol y volibol, campo de béisbol, casas para maestros y empleados, terrenos (para hortalizas, frutales y milpa) locales para talleres (carpintería, herrería, música, albañilería) En ambos casos, el inmueble se estableció fuera de los centros de población, lo que contribuía a mantener cierta disciplina conveniente para la formación del alumnado.

De la calidad educativa habló y habla la demanda de las poblaciones circundantes por contar con la presencia de los estudiantes en los diferentes eventos. Muchos años, las bandas de guerra eran la gala en las ceremonias cívicas organizadas por las autoridades. Los estudiantes, de primaria y normal, siempre destacaron en las justas deportivas, pues en el horario de la escuela se contemplaba y contemplan horas para el deporte. En ambos casos existían competencias nacionales en las diferentes disciplinas, aunque en el caso de los internados indígenas, como se les llamaba a las primarias, fueron menos las convocatorias nacionales.

De las experiencias personales pueden hablar quienes vivieron directamente en las dos escuelas. Quede aquí esta pequeña referencia para invitar a quienes puedan rememorar sus vivencias en tan significativa época: la infancia y la juventud.

 

JOSÉ ANTONIO KUH Y LÓPEZ

Mérida, Yucatán

Abril de 2016.